Capítulo
VI
El castillo elfo.
Desvastado,
Xinux creyó que no había más que hacer. Lleno de lágrimas acercó lentamente
sus labios a los de ella y con ternura la beso suavemente. Sus labios húmedos
con las lágrimas mojaron aquellos labios resecos de Ámbar, que poco a poco fue
volviendo a su color. Su pulso y su respiración volvieron. Seguidamente abrió
los ojos, encontrando los labios de Xinux cerca de los suyos. Pronto él noto que
Ámbar había vuelto en sí y que no presentaba ningún daño. Recordó entonces su
posición ante ella y alejó su rostro.
—¿Ámbar estás bien?—. Balbuceó estupefacto
al sentir su respiración.
—Sí, estoy bien... ¿Qué ha pasado?—.
—Has mordido la fruta prohibida, pero ¿Por
qué? Merry ya te había advertido—.
—Un Dowgs me lo obsequio—.
—¿Un Dowgs? No lo he visto—.
—Estaba junto a mí cuando gritaste...—.
—Juro que no he visto a nadie más que a ti.
—Estaba junto a mí...—. Redundó, recordó
entonces aquella visión que tuvo antes de encontrar a aquel Dowgs, se puso de
pie comenzó a correr. —¡Ven Xinux!—. Chilló.
Xinux algo extrañado siguió a Ámbar, feliz por un lado,
parecía que ella estaba bien y eso era lo más importante. Corrieron hasta donde
habían dejado sus pertenencias, encontrando todo desparramado por los
alrededores.
—¡No!—. Exclamó Ámbar asustada. —¿Dónde
está? ¿Dónde está? —Repitió varias veces mientras lo buscaba bajo las cosas.
—¿Qué buscas Ámbar?—.
—Busco...—. Expresó pero
pronto calló, al ver al pequeño gatito trayendo aquella bolsita marrón que con
tanto anhelo buscaba. —¡Pardy!— Exaltó. —¡Ven pequeño!
Al tener al animalito en sus manos y lo que este portaba
sintió alivio.
—¿Estás bien, Ámbar? Te encuentro algo
extraña...—.
—No pasa nada Xinux, perdóname, sentí que
perdía lo que más amo…—.
—Sé lo que has sentido, ha pasado por ello
hace pocos minutos cuando no reaccionabas, si sólo supieras… Si tan sólo
pudiera decírtelo...—. Pensó, pero no había
tiempo para eso, sin más distracción le anunció: —Juntaremos las
cosas e iremos hacia el oeste—.
—Tardaremos más...—.
—No importa, vale más vuestra seguridad—.
—¿Qué ha sucedido? Cuéntame Xinux—.
—Nos están siguiendo, eso es indudable—.
—¿Quiénes?—.
—No lo sé. Escuché a unos bárbaros
hablando sobre nosotros, ellos fueron los que revolvieron nuestras cosas y al
parecer no encontraron lo que buscaban—.
—Debemos irnos entonces...—. Propuso,
temiendo que pudiera llegar a perder el rubí.
—Tienes razón—.
Juntaron sus pertenencias y marcharon bordeando el lago
rumbo al oeste.
Llegaron al extremo oeste del lago algo cansados.
—¿Quieres refrescarte?—.
—Realmente sí...—.
—Detrás de aquellos árboles encontraras una
pequeña cascada, donde podrás refrescarte tranquila, mientras yo vigilo que
aquellos hombres no se acerquen a nosotros—.
—Gracias, realmente lo necesito—.
Ámbar penetró por aquellos árboles, a poca distancia
encontró una tranquila cascada. Desvistió su cuerpo lentamente, apreciando
aquellas serenas aguas. Disfrutaba de las cálidas aguas cuando su paz terminó. Un
escalofrío la invadió, sospechaba la presencia de un fisgón. Entre las hierbas
escuchó el crujir de las hojas, que confirmaba sus sospechas. Salió cuanto
antes de las aguas y se vistió. Distraída, dejó caer la pulsera, regalo del
Dowgs. Cayó a orillas de la cascada.
Ámbar siguió ciegamente a su espía,
desdibujado por la maleza del bosque al
cual penetraba cada vez más. Tras unos minutos, chocó contra un gran muro que
se extendía unos kilómetros al Norte. La sombra desapareció, ahora sólo halló
una pared. Buscó por el sur y descubrió aquella sombra cruzar frente a ella, a
unos pares de metros donde el fuerte terminaba. Corrió hacia él, pero ya no lo localizó.
El individuo había desaparecido una vez más. Detrás de los arbustos escuchó el
crujir de hojas otra vez, pero no había nadie.
De un momento a otro sintió en sus labios y en su cintura
una mano que presionaron fuerte, evitando que pudiera escapar o gritar. Intentó
liberarse de su secuestrador pero no lo logró. Poco tiempo después, el hombre
que la había arrastrado, la soltó. Desconcertada, delante admiró a hombres y
mujeres de cabellos largos y orejas puntiagudas. Muchos de ellos parecían
guerreros, por sus trajes, y los arcos y flechas que traían sobre sus espaldas.
No se atrevió a decir ni una palabra, miró a su alrededor, ninguno le apartaba
la mirada.
Ahora, dentro de aquel muro, sentía estar atrapada. Miró el
castillo, rodeado por una aldea. Permaneció en silencio, alerta. Un hombre llegó
entonces y se acercó a ella, al parecer era la voz líder del grupo reunido.
—Reinux Waipp, a vuestro servicio. Nuestra
querida huésped. Seguro no me conoces—. Exclamó, claramente no tenía ni idea de
quién era pero me presentaré. Soy el
gran Rey Elfo, este es mi pueblo. Me he enterado de vuestra llegada y he
decidido recibirla en nuestro humilde reino—.
—Mi nombre es Ámbar, a vuestro servicio—.
Expresó con gratitud haciendo reverencia.
—Levántate, no es necesario. Quisiera
mostrarte nuestra fortaleza—.
—Mi lord, hay un individuo rondando fuera
del fuerte, al parecer es un hombre de tez blanca, cabellos rubios y considero
que anda buscando algo o a alguien. —Interrumpió un hombre, al parecer un
guardián.
–Atrápalo, si se resiste asesínalo, no podemos
dejar que descubran nuestro secreto—.
—¡No…! Viene conmigo gran rey, no le hagas
daño, Xinux es vuestro amigo—.
—¡Espera! –Ordenó el rey al
guardián- ¿Xinux? ¿Xinux Warpp?—.
—Sí, el mismo—.
—Tráelo aquí, sano y salvo—.
—No le harás daño ¿verdad? —.
—Qué sea medio elfo no significa que no
sea de la familia.
—¿Medio elfo? —.
—Sí, como has escuchado. No podemos negar
que aun así tiene una de las mejores vistas nocturnas y la mejor puntería con
el arco y la flecha. Pero se ha dedicado a la espada desde que ingreso al
ejército humano. Bueno. —Continúo: —Te llevaré a recorrer el castillo y te
designaré la mejor habitación para reposar. Luego serviré un banquete de
bienvenida a vuestra merced—.
—Mis cosas han quedado a la orilla de la
cascada. No puedo quedarme aquí—.
—No os preocupéis por eso, mandaré a
buscar vuestras pertenencias. Pero no puedes marchar aún. Leinux, ve en busca
de las pertenencias de nuestra huésped a la orilla de la cascada y demás
lugares cerca del lago cristal—.
El hombre asintió y desapareció al instante. Al cabo de
unos segundos apareció Xinux con uno de los guardias de aquel reino.
—Querido Xinux, tanto tiempo —Exclamó.
–Hace tanto que no te veo. La última vez eras un pequeño. —Sonrió y
continúo: —Me enteré que fuiste al ejército humano y que ahora andas
con espada.
—Sí, es verdad. Y, ¿Quién eres? ¿Reinux? —.
—Así es, por lo que veo me recuerdas—.
—Sólo vuestro nombre, mi rey. Pero me han
hablado mucho de vosotros, de vuestras hazañas y aventuras de hace décadas y
siglos que creo conocerlo de toda la vida—.
—Pues, yo te recuerdo bien, a ti y vuestro
padre. Las noticias llegan rápido aquí. Acompañadme, os mostraré el castillo y
vuestras habitaciones para que descanséis esta noche. Además, os concederemos
provisiones y un carruaje para que puedan apresurar vuestro paso hacia el gran
castillo del Reino Yahannat—.
—Os agradezco vuestra amabilidad y
aceptaremos las provisiones, pero no podemos aceptar el transporte. Poseo
indicaciones de Merry James de hacer la travesía a pie, no podemos tomar ningún
transporte, a menos que me lo autorice—.
—Ese viejo, hace tiempo que no lo veo. —Lanzó
entre risas. —Si le hacéis caso a él allá vosotros, yo no me meto en eso.
¿Cómo anda ese viejo excéntrico? —
—La última vez que lo he visto, estaba muy
bien, pero eso fue hace tiempo. Hace más de un mes—.
—Además de esa absurda orden del
transporte, ¿Qué más os ha ordenado? —.
—Mis órdenes son claras y justas con un
fin preciso y certero, que sólo yo y ciertamente a Merry nos incumbe, y no a
vosotros. Sólo puedo decirte que mi deber es proteger a esta bella doncella
frente a cualquier peligro y amenaza—.
—Pero considero que no estás cumpliendo
bien vuestro trabajo, por que la ha dejado a merced de un extraño que podía
haberla raptado y causado daño. ¿Dónde estaba su guardián en ese momento? —.
—Se estaba aseando. ¿Cómo quieres que la
vigilara? —Replicó enfadado. —Y protegerla no es un trabajo, es un
honor—.
—No peleen ¡Basta! —Exclamó nerviosa
Ámbar. —Él no me ha dejado sola, yo no debí irme detrás de un extraño,
el jamás me dejaría, fui yo quien se aventuró poniéndome en peligro. No puedes
acusarlo por mi culpa—.
—Disculpa, mi lady, no quería que te
enfadaras conmigo, sólo te advierto que alguien los persigue—.
—Debe de ser aquel hombre del Bosque del
Lago Cristal, pero después contaré este asunto—.
—En fin, vallamos a recorrer el castillo.
Claro, si vosotros lo deseáis—.
—Nos encantaría. —Expresó
Ámbar amablemente.
Reinux los guió, primero atravesaron la aldea, muchos elfos
volvieron a sus casas, otros los siguieron hasta al castillo.
En pocos minutos se hallaban dentro del castillo, en una
gran sala rodeados de elfos y de entre ellos salió uno entregándoles a Xinux y
a Ámbar sus pertenencias. << ¿Dónde estará Pardy?>> se preguntó
Ámbar preocupada. Pero detrás de aquel elfo apareció otro con el pequeño
animalito.
—¡Pardy! —Gritó emocionada
al verlo sano y salvo. Luego miró al bolso, intrigada y preocupada, ahora por
el rubí, pero no era el momento propicio para averiguarlo.
—Ahora que nos encontramos reunidos,
queremos darle nuestra más preciada hospitalidad en este, nuestro castillo.
Desde los más insignificantes hasta los más importantes de los integrantes de
nuestro imperio ofrecen vuestra entera disposición—.
—Os agradezco vuestra gentileza y os
ofrezco mis servicios a vuestro pueblo—.
—Lo tendré en cuenta –le respondió a
Xinux, luego exclamó –Aquí tenéis pueblo mío, ante vuestros ojos: Ámbar Hannat
Trofiriuss. Démosle nuestra bienvenida, una bienvenida digna de una reina—.
Al decir esto los elfos respondieron conformes, unos
proclamaban el gran banquete otros incitaban a una gran fiesta.
—¿Vosotros queréis una gran fiesta y un
gran banquete para nuestra huésped de honor? —Todos dieron una
respuesta positiva —Entonces, avisad
al pueblo la noticia, habrá fiesta. Comenzad a preparar para el banquete.
Al instante, todos empezaron a realizar tareas, corrían de
un lado para otro, no tenía mucho tiempo. Poco a poco hubo desaparecido la
gente y unas que otras iban y venían o se quedaban adornando el salón.
—Seguro debéis de estar cansados, viajar
es agobiador y más cuando no se cuenta con lo necesario. Los guiaré a vuestras
habitaciones y podéis recorrer el castillo cuando gusten—.
Ellos los siguieron y subieron las escaleras de la gran
sala principal. Caminando por los pasillos Ámbar se sorprendió al ver un cuadro
de sus padres.
—¿Por qué tenéis un cuadro de mis padres? —.
—Ha sido un obsequio de vuestros padres.
Jamás ha sido movido de lugar, es muy valioso para nosotros. Su marco está
hecho de oro puro incrustado con rubíes genuinos de Hannat. Pero lo más valioso
es el gran significado de esta pareja. Por otro lado… —Concluyó. —Continuemos.
Vuestra habitación se encuentra más adelante—.
Las habitaciones estaban enfrentadas, cada una era de dos
puertas.
—Estas son vuestras habitaciones—. Al
abrir una anunció: —Ésta será vuestra habitación, Mi Lady, y ésta: —Dijo
abriendo la otra puerta —Será la vuestra, Mi Lord. Espero que os guste y os sea
cómoda.
—Está bien. —Respondió ella
contenta, sin más que decir, la habitación era enorme.
Notablemente era dos veces más grande que las habitaciones
del castillo de Janas. Miro aquellas paredes blancas, las cortinas y sábanas
muy finas, la impecable alfombra y aquella gran ventana por donde veía el
pueblo. Xinux saludo al rey y entró en su habitación. Pero ella permaneció
allí.
—Muchas gracias por vuestras atenciones,
pero me gustaría que me explicaras que sucede—.
Las palabras de Ámbar parecían medidas, seleccionadas
cuidadosamente. Le era difícil acostumbrarse a hablar así, pero debía
acostumbrarse, pensaba que su estadía en ese nuevo mundo duraría bastante.
—Ten paciencia, mi lady. Descansa y más
tarde vendrán a despertarla, con gusto responderé vuestras preguntas. Que
descanses, Mi Lady. —Culminó y se fue.
—Gracias. —Agregó
vagamente, Reinux abandonaba el lugar.
Entró a la habitación y dejó a Pardy en el suelo, para que
pudiese moverse libremente, al rato dejó los bolsos a la orilla de la cama,
como le era costumbre, y se acostó.
Xinux dejó sus cosas y se recostó en la cama, se encontraba
pensativo hasta tocaron la puerta.
—¡Pase! —Respondió, era
Reinux.
—Amigo, ¿Estás cansado o puedes hablar un
poco? —.
—No te preocupes estoy más disponible que
vosotros. ¿Qué deseas? —.
—Han llegado a vuestro reino millones de
noticias, no sé si todas serán cierta, pero muchas lo son. Los ogros se acercan
y corren peligro porque no aceptas mi más grata oferta.
—¿Por qué no mejor ofreces vuestros
guerreros para la Gran Guerra? Por qué he oído que no intervendrán para
destruir a los invasores ogros y magos—.
—Eso no es problema nuestro, la culpa fue
de los humanos que se encarguen ellos, nosotros estamos bien aquí. No dejaré
ver correr sangre de mi pueblo, no otra vez…
—¿Y porque demonios no nos ayudas entonces?
—Gritó enfadado. —Los humanos son muy pocos contra tanta
maldad y si mueren los humanos seguido a eso no tardarán en hallarlos y
aplastarlos como cucarachas. No entiendes que volverá a correr sangre y morirán
nuestros seres queridos…—.
—¡Calla! No deseo escuchar más
palabrerías. Si quieres acepta mi ofrecimiento, pero no daré mi brazo a torcer,
mi palabra es ley y aquí todos obedecen mis órdenes. Mi ejército no moverá un
dedo por los humanos… ¡Adiós, medio-elfo! —.
Reinux se fue, pero Xinux seguía enfadado, sentía por el un
gran odio. Volvió a la cama, deseaba descansar un poco, pero inconscientemente
se durmió.
***
Ámbar se hundió en un sueño profundo, estaba corriendo a aquella sombra
que la observaba en la cascada. Corría lo más rápido posible,
atravesando las ramas entrelazadas entre sí que le impedían ir más veloz y la
llenaban de rasguños. Apenas notaba donde se iba, sólo veía una sombra borrosa
que no podía alcanzar. De pronto alguien se le atraviesa en el camino
chocándose contra él. Asustada alzo la vista, podía llegar a pensar que era una
pared, porque era muy dura. Ante sus ojos un monstruoso ser, era un
gigante de piel verde y verrugosa, con grandes colmillos sobresalientes,
una cara deforme y un olor putrefacto. Su ropaje era de piel harapienta y sucia
Con miedo, sin saber qué hacer, retrocedió unos pasos
lentamente, sin quitar la vista de aquel garrote que sostenía aquel grotesco
ser. Detrás de este aparecieron muchos más, miles de esos desagradables
seres observándola. Al verlos, salió corriendo tan rápido como pudo, escuchando
los abominables pasos siguiéndola, rompiendo y lanzando los árboles que le
interrumpían su paso. No sabía por dónde corría ni para donde, podía ver apenas
una desdibujada imagen del camino. De pronto siente que alguien la sostiene.
***
Fría del susto, dio un grito y despertó. En todo su cuerpo
sentía escalofríos. Abrió los ojos, estaba en la habitación. Un relámpago sonó
asustándola aún más. Se levantó de la cama, fuera estaba oscuro, llovía.
Una tormenta se había hecho presente, apoderándose de aquel hermoso día. Se
recostó sobre el marco de la ventana cuando escuchó tocar a la puerta. Entonces
se acercó y abrió.
—¡Hola! —Exclamó una
muchacha, que apenas abrió la puerta se metió al cuarto cerrando la misma. —Disculpa
mi atrevimiento. Mi nombre es Amarix, hija de Reinux Waipp. Mi padre no puede
saber que estoy aquí—.
—Entiendo, no le diré –aseguró –Pero… ¿Qué
quieres de mí? —.
—Necesito que me sigas. Necesito mostrarte
algo—.
—¿A dónde iremos? —.
—Ya lo sabrás—.
Amarix tomó a Ámbar de la mano y casi arrastrándola la
llevo hacia un gran placar que había en la habitación y abrió una de las
puertas corredizas.
—¿Qué buscas ahí? —.
—Sólo seguidme, no tengo tiempo para dar
explicaciones aquí, es peligroso—.
Ámbar lo acepto y sin decir una palabra la siguió. Dentro
del placar había una puerta secreta. Pasaron por ella llegando a un pasillo
oscuro y desierto. Al cerrar la puerta secreta no podía ver nada. Amarix
aplaudió entonces dos veces y unas antorchas iluminaron ambos lados del
pasadizo.
—¡Toma! —Le ordenó
arrojándole una tela negra. —Son túnicas impermeables, ponte, y también estas botas. —Agregó
extendiéndole un par.
Al ver Amarix que las dos estaban lista supo que era tiempo
de continuar.
—Sígueme—. Dirigió nuevamente
mientras empezó a correr. Ámbar la seguía detrás.
Había corrido más de media hora por los pasillos, pasando
desvíos y subiendo y bajando escaleras. Ámbar llegó pensar que giraban en
círculos, pero en pocos minutos la muchacha se detuvo sobre una pared y comenzó
a palmearla. No entendía que buscaba, hasta que pudo divisar una puerta oculta,
mientras la abría escuchó la lluvia golpear fuertemente contra el suelo mojado.
Amarix se puso la capucha y salió corriendo bajo de
temporal, al darse cuenta de que Ámbar no la perseguía le hizo señas para que
la alcanzara. Fue entonces cuando se puso la capucha y la siguió. La puerta se
cerró desapareciéndose ante sus ojos, lo que la sorprendió mucho. Sentía
intriga de que era eso que le mostraría, pero tenía que mantenerse paciente.
Corrían por un jardín oscuro, realmente era tenebroso. Los
árboles desnudos, el pasto largo y seco, cuervos volando y ruidos de animales
muy extraños. Corrían entre los árboles y ramas caídas y sobre aquel barro que
formaba la lluvia. Así durante unos minutos, hasta que llegaron al gran muro
donde ella se recostó. Murmuró unas palabras y empujando abrió una gran puerta.
—Sígueme—. Solicitó una vez más
—¿A dónde me llevas? ¿No es peligroso
salir del reino en estos momentos?—.
—Sígueme—. Pidió. —Quisiera que vieras
algo primero. No te arrepentirás. ¡Vamos!
Ella asintió y la siguió. Ya no corrían, caminaban seguras
de la lluvia bajo la gran arboleda. La elfa comenzó a mirar a lo alto, parecía
buscar algo.
—¡Aquí está!— Manifestó contenta.
—Es un Amamols—. Examinó con asombro.
Amarix se acercó, aparentaba que quería escalarlo, cosa que
Ámbar dudó. No había ramas a menos de tres o cuatro metros de altura. Pero la
muchacha al parecer tenía otros planes, los cuales tenían el mismo objetivo que
sospecho ella. La escuchó murmurar nuevamente, pero esta vez parecía hablar con
alguien y luego levantó una pierna como para escalarlo, de inmediato salió un
segmento de madera del tronco donde deposito su pie. Seguidamente aparecieron
muchos más, formándole una especie de escalera donde pudo subir tranquilamente.
—Acompañame, ¡Date prisa!—. Exigió.
Ambas escalaron por aquellos resaltos hasta llegar a las
ramas y desde ahí no pararon hasta llegar a lo más alto del Amamols. La copa
del árbol las protegía de las lluvias. Había subido bastante, pero al constatar
la altura Ámbar sospechó no haber subido tanto. Llegó a pensar que el árbol
había crecido, no lo veía tan alto desde el suelo. Desde donde estaban podían
apreciar todo el bosque.
—¡Mira! ¡Allá, al sudoeste! —Le dijo
la elfa, pero ella no logró ver nada —¡Mira! —Insistió. —¿No ves aquel
campamento? —.
Intentó verlo varias veces más, pero sólo veía árboles y
más árboles. Amarix entonces buscó algo bajo su capa.
–¡Toma! Es un pequeño telescopio elfo—.
Al mirar a través de
éste, Ámbar, al fin logro distinguir a gran distancia un campamento. Grandes
carpas y extrañas sombras reunidas reflejadas por el fuego de alguna posible
fogata. Eran sombras enormes y deformadas. Debían de haber centenares de
carpas, con decenas de ellos acampando en cada una.
—¿Qué son? —.
—Son ogros. La tormenta y la oscuridad los
ha detenido, pero mañana por la mañana seguirán su camino hacia el gran
castillo—.
—¿Ogros? ¿Cómo son? —Interrogó
intrigada.
—Son enormes criaturas verdes y
verrugosas, tienen grandes garras y colmillos, además huelen espantoso. ¿Por
qué? ¿Has visto alguno? —.
—No, sólo curiosidad. —Respondió
y agregó: —¿Para qué me has traído? ¿Para ver esto? —.
—Los ogros están muy cerca… Eso es lo que
quiero decirle a vosotros. Xinux debe de saberlo para que podáis cumplir bien
vuestra misión—.
—¿Qué misión? —.
—¿Me hablas enserio? ¿No eres tú Ámbar
Hannat Trofiriuss? —.
—Sí, soy yo. Pero nadie me ha querido
decir nada—.
—¿Nada de qué? —.
—De mí pasado… —.
—¿No recuerdas vuestro pasado? Eso es
realmente muy serio, heredera—.
—Ayúdame por favor, te lo pido—.
—¿Pero cómo? —.
—Cuéntame todo lo que sepas de mí—.
—Los elfos me han ocultado todo sobre ti—.
—¿Por qué? —.
—Fue orden de mí padre. Realmente hace
años que lo siento distintos, éramos tan unidos, no me ocultaba nunca nada. Ni
cuando mi madre falleció. Pero ahora hasta ha advertido a los del pueblo que si
me cuentan algo serán encarcelados—.
—Entonces, no puedes ayudarme. ¿Verdad? —.
—Espera, no he terminado. Los elfos me han
ocultado todo pero tengo amigos que me han hablado mucho de vuestra historia—.
—¿Hablas enserio? ¿Quiénes son? Dime,
quisiera hablar con ellos—.
—No creo que sea posible, por lo menos
todavía, hablar con ellos—.
—¿Por qué? —.
—Porque son Amamols, no creo que entiendas
su lengua. Pero pregúntame, ¿Qué quieres saber? ¿Quiénes eran vuestros padres? —.
—No, eso ya lo sé… Quisiera saber quién
soy y para que estoy aquí—.
—Hace diecinueve años un profeta enunció… —.
—Lo sé,
que vendría al mundo un niño que salvaría a Unamilum… —.
—¿Y sabes que el niño en realidad era
niña? —.
—No—.
—Entonces, ¿Tampoco sabes que aquella
heredera, la salvadora de Unamilum, eres tú? —.
— ¿Qué…? —Preguntó atónita.
—La verdad no entiendo porque te han
ocultado algo tan importante como eso. —Le señaló. —¡Ámbar! ¡Ámbar! —Insistió
a verla inmóvil y pensativa.
—No puedo creer lo que me has dicho… —.
—Escucha Ámbar, una gran guerra vendrá,
eres la única que puede salvarnos. El reino elfo no te ayudará, mi padre lo ha
impedido. Tanto él como yo sabemos que los humanos son muy pocos y no
sobrevivirán y que luego vendrán por nosotros y no podremos vencerlos. Tienes
que idear un plan desde ya. Al menos si me escuchará... —Agregó.
—¿Por qué no quiere ayudarnos? —.
—No puedo decirte con exactitud, pero mi
padre ha cambiado mucho. Supuestamente odia a los humanos, porque fueron los
causantes de la gran guerra, pero el racismo de Naeris ya había comenzado
vagamente—.
—¿Qué crees...? —.
—Qué hay algo más… —.
—¿Qué...? —.
—Necesito que confíes en mí. Te contaré
todo, pero tienes que ser paciente, ahora debemos irnos—.
Ámbar estaba cansada de escuchar siempre la misma respuesta
“Tienes que ser paciente” y nunca una respuesta concreta. Pero en parte eso
había cambiado, sentía que aunque le había dicho que tenga paciencia al fin le
contaría lo que quería saber.
—Tenemos que volver, ¡Bajemos! —.
Ambas bajaban por las ramas, cuando el árbol empezó a
temblar. Ámbar pensó que el árbol iba a caer, que alguien en lo bajo lo estaba
cortando, pero la idea pronto se le hizo absurda, parecía que el árbol se
encogía, que se hundía, que se lo tragaba la tierra. Se sujetó al tronco y
cerró los ojos unos momentos, al abrirlos distinguió a Amarix tirarse del
árbol. Se asustó y apresuradamente miró hacia abajo. Más tranquila encontró el
suelo a pocos metros. No trató de buscar lógica, pensó que no la encontraría,
sólo salto y se integró con la elfa que empezó a correr hacia el castillo.
Al llegar frente al gran muro miro a ambos lados y se fijó
que nadie las haya seguido, entonces recién ahí palmeó sobre el gran paredón y
murmuró unas palabras. Seguidamente empujó sobre aquellos bloques y se abrió
aquella puerta por donde habían salido. Entraron y la puerta volvió a cerrarse
detrás de ellas.
—Debo de decirte toda la verdad, por lo
que puedes acompañarme a un último lugar. —Le indicó.
Ámbar sólo asintió, comprendió que debía ser paciente. No
podía creer ser aquella “Legendaria Heredera”, pero << ¿Heredera de qué?>>
no entendía de que era ser “La Heredera”.
Tenía claro que era la “salvadora” porque el mundo estaba completamente en
guerra, pero igualmente no sabía cómo podía salvarlos. No conocía nada de
armas, ni de guerra, mucho menos de aquellas extrañas criaturas a las que debía
enfrentarse.
Seguía a Amarix hacia donde las hiervas secas y los árboles
desnudos abundaban y poco tiempo después comprendió donde estaban. Se detuvo y
miro a su alrededor, bloques por donde mirará, pero no eran más que lápidas.
Estaba en un cementerio.
—¡Sígueme! Es allí —Le anunció señalándole
una bóveda.
Ella la siguió hasta frente a la bóveda donde estaban
inscriptas unas palabras:
<<
Sunix Warpp:
Eres
para todos nosotros un recuerdo imborrable y amado.
Tu
amor eterno y tus hijos.
A.S.1168>>
—¿Sunix Warpp? —Se preguntó
repetidamente. —¿Será familiar de Xinux? —.
—Es mi madre—. Confirmó triste.
—¿Vuestra madre? –Pensó sin atreverse a
decir ni una palabra más, sólo la miró y miró aquel sepulcro lleno de rosas
amarillas.
—Mi padre tiene un rosedal de rosas
amarillas, todas las mañanas manda a traer muchos ramos. Mi madre las adoraba. —e
escuchó sólo un silencio por unos segundos, hasta que agregó: —Debemos
irnos, no pueden verme fuera del castillo, ni mucho menos cerca de ti. —Dicho
esto continúo corriendo una vez más.
Aunque eso tal vez fuera cierto, Ámbar sospechó que trataba
de evitar que la viera llorar, ya que sus ojos estaban brillosos.
Volvieron dentro del castillo, por los mismos pasadizos,
los cuales le parecían a Ámbar un verdadero laberinto, llegando al fin.
Nuevamente se hallaban en la habitación designada a Ámbar, ya no traían más ni
aquellas botas ni túnicas.
—Primero, quiero hablarte de los Amamols
porque te serán de gran ayuda. Pero debes conocer sus verdaderos secretos, lo
que verdaderamente son. Estoy segura que lo que te han contado es incierto o
inexacto. Los Amamols fueron guerreros, de alturas extremadas, con cuerpos
similares a los rasgos humanos. Lo que los diferencia de los humanos, además de
su gran altura, es su posibilidad para adoptar la forma de un árbol. Por sobre
todo eso, ellos al morir en su cuerpo “humano” yacen como árboles, capaces de
vivir miles de años y esos árboles pueden controlar su crecimiento y todo
respecto a su forma, altura o diámetro—.
—¿Ese árbol nos ayudó? ¿Verdad? —.
—Exacto. Ellos tienen forma de árboles y
poseen la habilidad de controlar su naturaleza. Producen más oxígeno y
protección a los animales de las tormentas, por eso son tan amados por todo
Yahannat. Hoy Imols nos ayudó, es difícil que los Amamols lleguen a confiar en
las personas, pero he llegado a conquistar su confianza y ahora es mi amigo. No
es imposible aprender su idioma, sólo hay que saber escuchar. Pero bien… —Exclamó
cambiando de tema: —Quería que sepas lo de los ogros porque escuché que no querían
aceptar la ayuda de mi padre—.
—No sé porqué, pero lo ha dicho Merry, y
tanto Xinux como yo debemos obedecerlo. Tendrá algún motivo poderoso para ello.
—Creo que es sólo porque no lo soporta. Yo
sólo quiero decirte que estoy a vuestra merced—.
—Te agradezco verdaderamente. —Al decir
esto se escuchó unos fuertes pasos por los pasillos acercarse a la habitación.
—Debo irme, discúlpame no poder seguir
respondiendo vuestras preguntas pero no es peligroso que me encuentren aquí—.
—No os preocupéis. —Respondió,
observando que en pocos segundos la muchacha desapareció y apenas eso hubo
sucedido golpearon a la puerta. —¡Pasa! —.
–Disculpa, Mi Lady, vengo a avisarte que
dentro de poco el banquete ha de estar listo –anunció un
sirviente del reino.
–Muchas gracias, enseguida bajaré.
Al irse aquel sirviente Ámbar buscó algún vestido para
lucir aquella noche importante.
Había pasado ya mucho tiempo cuando de pronto, justo cuando
iba a salir de la habitación, escucha que alguien conversa tras su puerta. Al
parecer era la voz del rey, quien daba unas órdenes a unos soldados. En ese
instante alguien sale de aquel placar asustándola. Más tranquila visibilizó a
Amarix.
—Toma vuestras cosas rápido y sígueme. ¡No
preguntes, hazme caso!—.
Ámbar trató de agarrar lo más pronto posible su bolso y a Pardy,
y fue tras Amarix. Apenas aquellas habían estado a salvo en aquellos pasadizos
pudieron escuchar un gran golpe contra las puertas de aquellas habitaciones
enfrentadas donde en una de ella todavía se hallaba Xinux.
—¡No!—. Emitió tal cual un rugido.
—No hagas ruido, podrían escucharnos—.
—No podemos dejar a Xinux, no...—.
Amarix arrastró a Ámbar, quién dejaba remolcar su cuerpo
pero su mente seguía allá, en donde se encontraba Xinux. No podía entender
porque él no estaba con ella.
–¿Por qué? –se preguntó en
voz alta deteniéndose. Decidida a no hacer caso a Amarix si no a su sentimiento
–No aguanto más, iré por él...
–¿Por quién irás tan decidida? –interrogó
una voz, inconfundiblemente ella sabía quién era.
–¿Xinux?
–¿Esperabas a alguien más? –replicó sonriente.
–Debemos seguir.
–Tienes razón, Amarix.
–¿Qué sucede? ¿Podéis decirme de qué o
quién huimos?
–Ámbar todo fue una trampa para deshacerse
de ti, no hay tiempo de hablar síguenos y pronto te contaré el resto al
encontrarnos a salvo.
Así lo hicieron, pasaron muchos pasillos y bajaron muchas
escaleras llegando pronto a un pasillo muy largo que no se veía el fin. Desde
entonces empezaron a correr durante unos segundos llegando a una gran puerta
oscura. Amarix sacó de unas de aquellas bolsitas que llevaba una gran llave con
la que abrió aquella puerta. Ámbar se sorprendió al descubrir que se hallaban
dentro de un sepulcro.
–¿Qué hacemos aquí?
–Acércate, quiero mostrarte la prueba de
una gran mentira –pidió Amarix abriendo ataúd.
Ámbar con temor se acercó comprobando que dentro no había
nada.
–Le pregunte a mi padre sobre mi madre y
descubrí que él no es quien dice ser. Descubrí el hombre que os recibió
no es el verdadero Reinux Waipp, ya que mi padre sabe que el cuerpo de mi madre
nunca apareció y este supuesto Reinux contradijo la verdad.
–¿Pero eso en que nos pone en peligro?
–Ámbar oí al usurpador decir que debía
eliminarlos lo más pronto posible, exactamente antes del banquete, antes que
los elfos creyeran realmente en vuestra identidad.
–Amarix creó que debemos de irnos
rápidamente.
–Lamento no poder acompañarlos pero mi
destino se encuentra aquí.
–Comprendo –respondió Xinux.
–Salgan –exclamó abriendo
la puerta de la bóveda.
Ambos salieron corriendo bajo la lluvia hacia a aquel muro
y al llegar extrañamente se abrió aquella puerta donde ya una vez atravesó
Ámbar. Del otro lado los esperaba un elfo. Xinux sacó rápidamente la espada,
creyendo que los habían descubierto.
–No os preocupéis, Amarix me ha ordenado
que os de paso para huir de aquí. Toma, me dio esto para ti –aclaró mientras le
entregaba la pulsera del Dowgs.
–Muchas gracias –exclamó Ámbar
mientras se lo ponía. Apenas pudo ponérselo cuando sintió que Xinux la sujeto
de la mano y comenzó a arrastrarla, a su alrededor escuchó gritos, al parecer algunos
elfos estaban pisando sus huellas y necesitaban encontrar algún escondite. Por
lo que Ámbar recordó algo que podría ser la salvación.
–Sígueme –exclamó Ámbar,
esta vez adelantándose y arrastrando a Xinux.
Poco tiempo después se encontraron frente a aquel Amamols
que había visitado con Amarix.
–¿Por qué te has detenido? ¡Ámbar, corre! –repitió
tratando de hacerla seguir, pero ella no se movía.
–Xinux, Imols nos puede ayudar.
–¿Quién es Imols?
–Él.
–¿Te refieres al Amamols?
–Sí, pero no necesitas explicación, lo
entenderás sólo sabiendo quienes son los Amamols. Debemos subir.
–Es imposible Ámbar, las ramas están fuera
de nuestro alcance.
–Ahora, pero dentro de poco estarán a
nuestro alcance –dicho esto, Ámbar pareció murmurar algunas palabras y pronto
empezaron a brotar del tronco ramas formando una plataforma donde impulso a
Xinux a subir junto a ella. Al estar ambos sobre aquellas ramas el árbol
comenzó a crecer dejándolos a varios metros de distancia del suelo.
Gracias a Imols estarían a salvo del viento y la lluvia,
por lo que decidieron que convendría pasar la noche allí y por lo que sería
conveniente ponerse cómodos para intentar descansar algo.
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