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jueves, 9 de abril de 2015

Capítulo III : El rubí.


Capítulo iiI

El rubí 



X

i         inux y Ámbar caminaron varios metros en la oscuridad. Ella sentía que las noches ahí eran totalmente diferentes a las que conocía. Estaban cansados, no habían dormido nada ni habían cenado. No estaban muy lejos del reino de Janas, donde la adivina los mandó. Desde donde estaban veían un gran fuerte. Ella lo vio como un gran sueño, jamás había visto un castillo, sólo por fotos, o por lo menos eso pensaba. Xinux no se había dado cuenta que estaban llegando, sumergido en sus pensamientos olvidó por completo el tiempo y espacio.

El castillo estaba rodeado por un canal y un gran puente daba acceso a la entrada. Dos soldados custodiaban la enorme puerta

—¿A dónde creéis que vas? —Interrogó uno de los guardias, usando, al igual que el otro, la espada para interrumpir el paso.

Xinux no supo que decir, parte de él no sabía que los llevaba a ese lugar, pero tampoco quería anunciarse como quien era. El soldado frunció el ceño, quería una respuesta inmediata, o por lo menos que no lo molestarán y se fueran. Xinux continuó en silencio. Ámbar no sabía cómo actuar.

—Si no tendréis nada que hacer… ¡Fuera de aquí o los mataré!

El guardia se abalanzaba sobre ellos cuando una voz lo detuvo.

—¡Alto! ¡En guardia soldados! —Estos se pusieron en posición de firmes al escucharlo —¿Qué sucede aquí?

—Comandante lo que pasa es que…

—¡Calla soldado! Nadie te ha pedido que hables—. Retó enfadado. —¿Vosotros sois los invitados del rey, verdad? Disculpadme por este mal entendido. Pasad. Os llevaré dentro del castillo—.

Así lo hicieron. Pasaron las casas de los campesinos y  el comandante los dejó justamente frente a la puerta del enorme castillo, a merced de una mujer muy delgada, de poco más de 1,60 metros, de pelo recogido y con marcadas arrugas en la piel. Era una de las siervas del castillo.

—Los estaba esperando, los llevaré a vuestras habitaciones, pero antes quisiera que comierais. Estoy segura que estáis cansados por el viaje—.

Después de guiarlos al comedor y de servirles variedades de manjares, les propuso ir a las habitaciones. Ambos atónitos a lo que sucedía, no entendían nada. No obstante, dispuestos a llegar hasta el fin, optaron por callar. Debían continuar, sin importar los obstáculos, era más fácil creer que era una simple coincidencia.

El castillo era muy agraciado, con majestuosas reliquias y grabados en las paredes. Caminaron por unos pasillos y subieron varias escaleras, hasta llegar a un larguísimo pasillo de numerosas puertas. Cada puerta tenía un pequeño cartel con un número. Llegaron frente a unas habitaciones enfrentadas, la mujer abrió unas de ellas anunciándole el final de su recorrido.

—Hemos llegado. Ésta habitación, la quinta puerta a la derecha, será para la niña y esa, la sexta a la izquierda, será del caballero. Mi nombre es Emma, ¿Cuáles es vuestro nombre?—. Tras el silencio agregó: —¡Qué torpeza la mía! Disculpadme, lo he recordado: Xinux y Ámbar, ¿Verdad?—.

—¿Cómo sabéis nuestra identidad?—. Preguntó sorprendido.

—Me lo anunció Merry; el rey ni el príncipe están en el castillo. Fueron a Monts. Ahora bien, si queréis saber por qué estáis aquí tendríais que averiguarlos vosotros mismos, de eso no me ha hablado. No me imagino que debió tener entre manos—.

—Quiero agradecer por su amabilidad hacía con nosotros y quiero decir que los amigos de Merry también son mis amigos, estoy a vuestro servicio—.

Xinux hizo una leve reverencia, signo de aprecio. Ámbar lo imitó. Se despidieron, Emma se fue y ellos entraron en sus habitaciones. Estaban cansados por lo que dejaron sus bolsos a la orilla de la cama y se acostaron. Ella acomodo a Pardy a su lado, e igual que Xinux se durmió. Él se despertó a los pocos minutos, pero Ámbar se hundió  en un sueño profundo.

***

La joven caminaba por el castillo, sus pasillos eran interminables. De pronto las antorchas se apagaron una por una, dejándola en total oscuridad, sólo la claridad de la noche iluminada por la luna llena daba la posibilidad de distinguir levemente el camino. Siguió su paso y extrañamente las paredes, el techo y el suelo se fueron deformando. Todo se volvió desagradablemente horrible. El cuerpo de Ámbar se cubrió de escalofríos. El corredor se llenó de telarañas, desperdicios y hasta huesos. Caminan entre la mugre, las arañas y las ratas. Ámbar miraba a su alrededor, horrorizada por todo aquello, lo único que pudo hacer es correr, tratando de alejarse de todo eso.

El pasillo le pareció infinito. Su corazón latía aceleradamente. De repente, delante de sus ojos se agrietó el suelo y se abrió. Detuvo su marcha al borde del mismo, a punto de caer en él, y miro hacia aquel hueco. El brillo de un cofre dorado sobresalía sobre un escritorio. Sin apartar la vista del cofre pensó en huir, y al levantar la vista todo era nuevamente normal. Buscó la grieta pero esta había desaparecido. Le llamó realmente la atención el gran reloj de madera que estaba a su lado. Fijó su mirada como las agujas se movían y el segundero daba cada paso nombrándose con un ruido cada vez más fuerte. El repetido eco en su mente la dejó hipnotizada. El reloj marcaba las 00:30 a.m. Sin darse cuenta algo se había acercado a ella y se estrelló sobre su cuerpo.

***

Asustada despertó de un grito, su cuerpo y su cara estaba sudada. Miró a su alrededor y notó que Pardy no estaba en donde lo había acomodado dulcemente, pero vio su peluda y pequeña cola salir tras la puerta entre abierta de la habitación. Sin dudar, se levantó de la cama y lo persiguió a paso lento. Aquel gatito caminaba ligeramente perdiéndose al doblar por los pasillos. Daba trabajo seguirlo, mucho más tratando de que este no lo notara. Distante, observaba todos sus movimientos. De un momento a otro, Pardy sube por un velador, y salta sobre un objeto, desde donde estaba no logró divisar que era. El peso del gato inclinó aquel objeto, y permaneció sentado, sin darle importancia.

Ámbar caminó hasta el artefacto para llevar consigo al travieso de regreso a la habitación. Con asombró  notó que este era un reloj, pero no cualquiera, era el de su sueño. Lo miró fijamente, marcaba las 00:30 hs De pronto Pardy salta sobre ella, asustándola tanto que dio un grito, el cual resonó por los pasillos, prolongado por un leve eco.

Xinux estaba acostado sobre la cama, muy cansado por el viaje, el sueño le ganaba. Aun sintiéndose así no podía dormir, pues estaba muy preocupado. Se levantó de la cama y salió de la habitación. Eran las 23:45 hs y habían pasado unos cuantos minutos cuando el regresó. Se volvió a recostar en la cama, tratando de conciliar el sueño, pero le era imposible. Dio mil y una vueltas en la cama tratando de dormir, pero nada resultaba. Cansado de intentarlo se recostó boca arriba mirando fijamente el techo, pensando en la primera vez que la volvió a ver a Ámbar, así como la descubrió, tan bella.

Inmortalizó en mente sus ojos, su mirada profunda. Ese instante en el cual volvió al fin a contemplarla reflejado en esos ojos azules ártico. Recordó aquella mirada con la que le respondió.

Había pasado el tiempo, eran las 00:30  hs, cuando escuchó un grito. Sobresaltado corrió hacia los pasillos, guiado por aquel eco que poco a poco se desvanecía. Desconcertado paró frente al reloj sin ver nada fuera de lo común. Corrió durante varios minutos sin encontrar a Ámbar, a quién buscaba. Pues suponía que era la dueña de aquel grito.

Decidió volver, preocupado por no haber hallado respuesta. Llegó a la puerta de su habitación. La duda lo invadió, por lo que echó un vistazo a la puerta cerrada de Ámbar. Al abrirla pudo ver un poco más tranquilo a Ámbar dormir cómodamente junto a Pardy. Relajado, pero aún extrañado, se fue a su habitación con la cálida imagen de la joven acurrucada sobre las sabanas de su cama.

—Parece un ángel—. Suspiró. —Pobre, tantas cosas que va a pasar, lo malo que está por venir, no lo sabe y será muy tarde para cuando lo sepa—.





Amanecía. Ámbar despertó con los rayos del sol que entraban por la ventana abierta de par en par. Las cortinas blancas volaban suavemente por la brisa refrescante que llenaba de vida a aquel lugar. Pardy se encontraba jugando con un ovillo, ni sabría cómo explicar la forma con la que llego hasta sus garras El pequeño se acercó a ella y se dejó agarrar por las delicadas manos de su nueva dueña, quien la puso sobre la cama. En ese justo instante llamaron a la puerta.

—¡Pase!—. Contestó ella.

—¡Buenos días! ¿Cómo has amanecido?—. Saludó Xinux tímidamente, asomándose detrás de la puerta.

—Bien, ¿Y tú?—.

—Bien...–—.Dudó.

—¿Dormiste bien anoche?—. Insistió preocupada.

—En realidad no, tuve problemas para dormir, pero nada fuera de lo común. ¿Has descansado? ¿Has despertado por la noche?—.

—Sí, me desperté, tuve una pesadilla y me levanté sobresaltada, a eso de medianoche—.

—Eso explica el grito—. Dijo para sí.

—¿Qué?—.

—Nada importante, estaba pensando en voz alta. Venía a decir que será mejor que hoy mismo marchemos al Reino Yahannat—. Ella asintió. —Recomiendo que descanse y que coma bien. Ahora me marcho, así pueden seguir con vuestras cosas, permiso—.

Xinux se dirigió al comedor y se encontró con Emma en la puerta.

—¡Buenos días, mi lord!—.

—¡Buenos días!—.

—El desayuno está listo, quisiera que vosotros me acompañéis al comedor—.

—Así lo haremos—.

—Avisaré a Ámbar, tomará un segundo—.

—¡Pase!—. Ordenó Ámbar al escuchar nuevamente el llamado.

—¡Buenos días, mi lady!—.

—¡Buenos días!—.

—Quería avisarle que el desayuno está servido—.

—Bueno, deme un momento, me arreglo y los alcanzo—.

—Claro, no te preocupes, esperaré tras la puerta—.

Buscó su equipaje a su alrededor,  no estaba donde lo había dejado, sino sobre un mueble de la habitación. El bolso se hallaba ordenado. Buscó dentro ropa para ponerse y su mano sintió algo frío y pequeño. Sacó aquel objeto, encontrando una llavecita metálica, en ese instante se atravesó la imagen del cofre de su sueño.

—¿Mi lady, estás lista?—. Preguntó Emma, tras la puerta.

—Un momento, voy—. Avisó.

Guardó la llave en donde la encontró y eligió un vestido de color manzana, se lo puso velozmente, luego cepillo su largo cabello, agarró a Pardy entre sus manos y salió de la habitación.

—¡Ya estoy lista!—. Anunció. —¡Podemos irnos!—.

Marcharon los tres, y mientras caminaban, Ámbar se perdió entre sus pensamientos. En su mente millones de imágenes se proyectaban como una película.

***

Se recordó ante aquel reloj, mirándolo fijamente, cuando de pronto Pardy salta sobre ella asustándola tanto que retrocedió e inmediatamente cayó al suelo. Al darse cuenta de lo sucedido agarró a Pardy y lo acarició diciéndole: <<Pequeño travieso, ¿dónde crees que vas?>> Dejó al gatito en el suelo, se levantó y acomodó el reloj. En ese segundo y sin poder darse cuenta, hasta ya muy tarde, el suelo se desapareció dejándola caer. Desplomó sobre un colchón, el cual llenó de polvo el ambiente, evidenciado su abandono desde hace mucho tiempo.

Cayó en una habitación oscura y abandonada, llena de insectos, telarañas y envuelta totalmente en polvo. Miró hacía arriba y vio como una tenue luz atravesaba aquel hueco por donde había caído. Lo suficientemente grande como para que ella pudiera caer en él. Echó un vistazo a su alrededor, pero esta vez lo hizo con el propósito de saber que había en ese lugar y porque estaba abandonado. Observó superficialmente las cosas pero captó realmente su atención un cofre sobre un escritorio. Pequeño y opaco, y sin pensarlo dos veces se acercó a él. Teniéndolo en sus manos, sopló con gran fuerza. Deslumbrada al increíble brillo dorado tras la polvareda. Era el mismo cofre de su sueño.

Sin sacarle los ojos de encima, lo examinó detalladamente, notando una pequeña  cerradura. No halló la llave. La buscó por sus alrededores, con la vaga idea de poder localizarla, ya que la oscuridad y el polvo se lo imposibilitaban Creyó que era mejor marcharse, pero antes quería llevar consigo este tesoro. Ya lo tenía en sus manos, cuando el maullido de Pardy la alertó y decidió salir rápidamente de ahí. Los muebles se encontraban amontonados bajo aquella abertura, habilitando la posibilidad de salir. En pocos minutos estuvo fuera. Apenas emergió de aquel hueco se cerró incomprensiblemente. Con temor se levantó, alzó a Pardy y marchó hacía su habitación.

Con esfuerzo logró encontrar la puerta correcta. Ingresó dejando la puerta entre abierta. Acomodó el cofre bajo la cama y se acostó, casi desplomándose sobre ella.

***

Ya habían llegado al comedor, Xinux miraba fijamente al plato, deslizando con su tenedor su comida de un lado para otro. Ámbar comía distraídamente, hasta que el incesante ruido del tenedor raspando el plato le llamó la atención.

—¿Qué te pasa?—.

—Pues nada importante...—. Suspiró. —No dormí bien anoche. Querría hacerte una pregunta, claro, si Mi Lady me lo permite—.

—Sí, dime—.

—Anoche, ¿Saliste de la habitación?

—En realidad... —. Dudó. —Sí, ¿por qué?—.

—Es que anoche estaba preocupado y fui a vuestra habitación para ver si os encontrabas bien, si podía serte útil. Como vi que dormías y te encontrabas bien me fui, pero torpemente deje la puerta entre abierta.

—Pues sí, salí. Eso explica como Pardy salió de la habitación, pero tanto cuando salí como cuando entré dejé la puerta entre abierta...—.

Xinux titubeo , alguien más podría haber entrado habitación, pero “¿Quién?” Volvió a preguntar, trataría de averiguar si podía ser una idea absurda la que tenía.

—¿En ningún momento saliste de nuevo?—.

—No—.

—¿Segura?—.

—Sí, estoy segura—. Sostuvo.

—Tal vez...—. Pensó, y dirigiéndose a Emma, exclamó –Señorita Emma, ¿Por casualidad, no has entrado a la habitación designada a la señorita Ámbar a horas de la noche? —.

—No mi lord. —Aseguró. —Anoche no... —.

—¿Y fue en algún otro momento? —Investigó, la respuesta le había intrigado.

—Sí, hoy al amanecer fui a abrir las ventanas, y como vi que todas las cosas estaban hechas un desorden, me tome el atrevimiento de acomodarlo.

—¿Qué? —Exclamó Ámbar, no entendía nada, ella no había siquiera tocado el bolso, como mucho lo había puesto a orillas de la cama.

—Sí, vuestras cosas estaban desordenadas por todos lados. Yo me tome el atrevimiento de acomodar las ropas y meter las cosas en vuestro bolso, hasta la llavecita que estaba bajo la cama. ¿Por qué? ¿hay algún faltante? Tal vez quedo bajo la cama. ¿Quisieras que lo busque?—.

—¡No! —Gritó. —Estoy segura que no me falta nada, sólo era porque como estaba todo cambiado de lugar— Aclaró, y agradeció: —¡Muchas gracias!—.

Xinux la miró asombrado ante semejante negación casi instantánea. No quería que encontrara en su habitación…

—Pero… ¿Qué?—.  Pensó.

—Estoy a vuestras órdenes, no hay que agradecer. Aquí les dejo un postre, debo seguir con mis labores—. Informó sonriente.

—Se ve apetitoso—. Halagó Ámbar apenas lo vio, Emma sonrojó, pero aún más cuando le manifestó: —Está delicioso, verdaderamente exquisito.

—¡No hay de qué!—.

Ámbar estaba muy insegura, no sabía si debía mencionarle sobre el cofre y lo pasado en la noche. No encontró palabras y decidió callar..

—Con su permiso—. Expresó Ámbar.

—Propio—.  Respondió Xinux y ella prosiguió.

–Me iré a la habitación.

Ámbar marchó, entró a la habitación y se recostó boca arriba sobre la cama. Recordó aquella llavecita que había encontrado. Trató de ignorarla, pero no lo consiguió. Tanta fue la tentación que a los pocos segundos ya estaba buscándola en aquel bolso. Cuando finalmente la tenía en su poder, la agarró como si fuera muy valioso, sosteniéndola fuertemente a puño cerrado, como si se le fuera a escapar. Se acercó a la cama y se sentó sobre sus talones sacando con su mano hábil el cofre y cuando estuvo fuera dejó caer torpemente la llave al piso. Sujetándolo con las dos manos, lo depositó suavemente sobre la cama. Agarró nuevamente la llave y la introdujo en la cerradura dándole una vuelta. Al terminar de girar la llave, la sacó y en ese mismo momento el cofre se abrió dejando a la vista una gran y perfecta gema, tan brillante como un diamante. Era un colgante con un precioso rubí, seguramente alguien logro partirlo porque le faltaba un pedazo. Era tan magnífico que robó su atención, llenándola de admiración. La sedujo completamente. Una fuerte atracción la hipnotizó. Un sentimiento sin explicación. Su corazón latía fuerte, sentía que iba a estallar.

Metió la mano delicadamente bajo el rubí, levantándola hasta la altura de su pecho y luego con su otra mano cerró la que sostenía la reliquia. Un incontrolable sentimiento le forzó presionar fuertemente sus manos. En su mente revivieron miles de imágenes, proyectadas como un vídeo entrecortado.

***

Un carruaje marcha a gran velocidad por un camino Siente como este se balancea de aquí para allá en las curvas del camino por el gran y oscuro bosque. Luego escucha el llanto de una criatura. Ve como una muchacha joven arropaba a una pequeña con sus mantos blancos. Lloraba. Sus ojitos tan chiquitos y azules daban tanta ternura.

La imagen fue superpuesta por otra, la cual no era nada grata. Ahora la se hallaba tirada en el suelo, inconsciente. A pocos metros dos hombres a duelo, peleando con sus espadas acaloradamente. Miles de soldados los rodeaban a unos cuantos metros. No les veía sus rostros. Apenas veía sus armaduras y armas reflejadas en la luz de la luna llena. En el cielo ninguna estrella. Poco a poco los árboles fueron tapando ese cielo azul oscuro, sentía estar en movimiento.

***

Después de esto, ella volvió en sí. Ya no veía ninguna imagen, ahora todo era normal. Se dio cuenta que había arrojado el rubí, sin tener noción de cuándo ni cómo. Ahora reposaba al final de sus pies. Había cambiado su postura tras la visión. Volvió a coger el rubí dejando el hilo colgando y lo miró atentamente, tratando de descubrir que era lo que le provocaba ese insólito sentimiento

Xinux acabó de comer y fue a su habitación. Por el camino alarmado salió corriendo y entró a su habitación. Buscó el bolso e intentó hallar desesperadamente eso que tanto ansiaba. Muy importante debía ser, pues su rostro presentaba preocupación. Sacó hasta el último objeto de bolso sin localizar lo que anhelaba. Buscó por toda la habitación sin tener éxito. Ya no estaba allí. Alguien tal vez se lo había llevado. Resignado, dio por concluida la búsqueda y comenzó a ordenar el caos en que se veía envuelto.

Remató su preocupación recostándose en la cama boca arriba- Cansado, respiró muy profundo y pensó.

—Alguien nos está siguiendo. Entró en la habitación anoche, cómo lo hizo en la de Ámbar. ¿Para qué quería la llave? Ni yo sé los secretos que se esconden atrás de ese pequeño objeto y que contenidos resguardan aquella cerradura a la que corresponde—. Replicó abrumado. —Tendré que seguir adelante hasta el final. No puedo dejar que el futuro de ella se escape de mi lado como agua entre los dedos—. Alentó al fin. —No, no lo haré...—.

Xinux no estaba al tanto de todo, pero sabía muy bien que Merry podía eliminar cada duda que le atormentaba. Lamentablemente él se negó. Le advirtió que eso le dificultaría cumplir su destino. Tal vez era hora de hablar con Ámbar, por lo que fue a su encuentro.

Dominada por aquel fantástico objeto, fue interrumpida, al escuchar la puerta.

—¡Un momento!—. Gritó mientras acomodaba el rubí en el cofre.

Lo cerró con su llave dentro, la ubicó bajo la cama, se recostó y respondió:

—¡Pase!—.

—Permiso. Mi lady, le debo de dar una noticia imprevista—.

—¿Qué ocurre? ¿Sucedió algo malo?—.

—No, no te preocupes, está todo perfecto, sólo es un cambio de planes. Si ahora mismo nos ahorraremos horas de viaje—.

—Dime la verdad, Xinux—. Ordenó, descubriendo que le ocultaba información. Notaba que no era del todo sincero.

—Alguien ha entrado anoche a nuestras habitaciones, parece que sigue nuestros pasos, debemos irnos... No puedo ocultarte nada, como siempre me descubres cuando lo hago, aunque sólo lo haya hecho para jugar por aquellos años…—. Añadió con picardía.

—¿En serio?—. Curioseó confundida.

—Sí, por esa razón lo digo, debemos irnos cuanto antes. Recoge vuestras cosas, en tanto yo avisaré a Emma de nuestra retirada del castillo—.

Ámbar asintió vagamente, mientras desaparecía tras una puerta.

Emma en la cocina, amasaba cuando llegó Xinux a su encuentro.

—Quería avisarte que partiremos ya mismo de Janas. Ocurrió un imprevisto y no podemos quedarnos más tiempo —.

—¿Ocurre algo malo? —.

—No, sólo es un cambio de planes. Nada malo. No te preocupes. Bueno, te agradezco vuestra ayuda y te pido que no digas nada de lo que sabes a nadie, con excepción de Merry, claro—.

—Lo sé. Espero que os vaya bien y que logréis lo que buscáis—.

—Con su permiso—. Expresó haciendo una reverencia.

—Propio—.

Ámbar, en la soledad del cuarto, se arrodilló al lado de la cama y metió su mano debajo de la misma, extrayendo el cofre. Lo depositó sobre la cama, lo abrió y fue sacando cada una de las cosas que había dentro. Entre ellos, un libro, un cepillo, un pergamino y una bolsita marrón de cuero, donde deposito el rubí. Al encontrarse vacío pudo admirar que la tela que cubría el fondo del cofre era removible. En uno de los extremos se hallaba descubierta una pequeña fracción que dejaba a la vista un papel de color blanco. Quitó la tela y sacó el papel dándolo vuelta. Lo que contempló era imposible de creer Su rostro era la de aquella mujer que vio en su visión, pero se veía tan lleno de luz y calma, acompañada de una dulce sonrisa. Una gran diferencia, ya que antes se notaba la angustia y el miedo.

Era una bella mujer, de cabello rojo como el fuego y ojos azules. Parecía un ángel, con su vestido blanco y su corona de rubíes. Tan fina y delicada, que le daba un toque de magia a ese retrato. No pudo detener un largo y profundo suspiro, reflejada, en su imaginación, por aquellos ojos azules. Volvió a suspirar, nacía de lo más profundo de sí. Lleno de nostalgia y dolor, sin notarlo, de sus ojos cayeron unas lágrimas tan brillantes como aquel rubí y tan claro como agua de manantial. Su miraba se encontraba fija al retrato, era una pintura tan perfecta y tan hermosa como aquella mujer.

Al darse cuenta de que había derramado unas lágrimas, secó sus mejillas y apartó a un costado la imagen, junto con la bolsita marrón. Miró una vez más al cofre otro retrato la observaba, esta vez la de un hombre. Tan apuesto como varonil. Se veía fuerte y confiado en sí mismo. Era un guerrero, teniendo en cuenta su extraordinaria y poderosa armadura. Sus ojos eran color miel y su pelo negro como el de Ámbar. En su cabeza tenía una corona dorada, como la de un príncipe, incrustada con piedras preciosas. Aquel rostro le era tan familiar, pero no recordaba haberlo visto nunca.

En el cofre no había nada más, sólo una mínima llave, aún más pequeña que la anterior. Juntó los retratos y cuando tuvo en su mano el libro notó que tenía una pequeña cerradura. No tuvo mejor idea que probar suerte con esa llavecita. Intentó abrirla, lográndolo efectivamente. Guardó las imágenes dentro de éste sin llamarle la atención lo que había dentro y cerró el candado. Seguidamente cerró el cofre y guardó todo junto a sus cosas. Las llaves las colocó dentro de la bolsita de cuero y la ató en su cinto. Al finalizar, buscó a Pardy. Lo tomó entre sus brazos. Recogió el bolso y salió de la habitación.

—Estoy lista, Xinux. Podemos irnos cuando gustes—.

—Bueno, ya he guardado provisiones para el viaje, creo que será suficiente—. Le comentó y luego con cariño le expresó a Emma, quién se encontraba a su lado, su gratitud. —¡Muchas gracias por todo! Adiós, espero verla nuevamente, mucha suerte—.

—Adiós Emma, muchas gracias, eres muy buena, mucha suerte—. Añadió Ámbar.

—Adiós, yo os agradezco a vosotros, fue un gran honor ayudaros, mucha suerte, que la Diosa Ura los proteja y los bendiga—.

Ambos marcharon. Un soldado los acompañó hasta la salida.

Nuevamente se encontraban fuera. Tal vez peores peligros les esperaba. Quizás ya no sería una persona la que estuviera espiando, siguiendo y atormentando.

Xinux entendió que era Ámbar quien le podía decir toda la información que quería saber, por eso le era importante que lograra recordar. Tenían mucho camino por recorrer y le iba a ser eterno. Intentó entablar conversación, al hallarla callada y pensativa acariciando a Pardy, mirando distraídamente los árboles de su alrededor.

—¿Cómo se ha portado el pequeño Pardy en este corto plazo?—.

—Bastante bien, creo—. Dudó. —Pero es tan dulce y cariñoso que no importaría si hace lío—. Los dos rieron.

—¿Cómo te sientes?—.

—¿Realmente quieres saber?—.

—Sí, por esa razón te preguntó— Afirmó triste ante semejante pregunta, la cual ponía en duda su preocupación por el bienestar de la persona que más apreciaba.

—Pues… Más confundida que antes…—. Suspiró. —Pero ahora con una pena.

—¿Por qué?—.

—Es muy largo de explicar y no encontraría las palabras correctas para ello. Además nunca entenderías…

—Tenemos todo un día para que expliques, al anochecer llegaremos a Zelash, finalmente—.

—Extraño… –comenzó a asegurar –extraño una familia. No recuerdo a mi padre ni a mi madre y no sé si más familia… Como… No sé… algún pariente, hermanos, primos, tíos… Qué alguien me diga quién soy, estoy tan aturdida con todas estas cosas nuevas que me confunden más. Esas imágenes que se proyectan en mí de sucesos que no sé si existieron alguna vez…—.

—¿Qué?—. Dijo admirado. —¿Imágenes? ¿Tal vez un recuerdo?—.

—No sé… No me vi en ninguno, excepto…—. Pensó.—En aquella donde escalaba una montaña, pero no creo que sea de mi pasado, mi cuerpo no es de hace unos años—.

—¿Aparte de eso has visto imágenes? ¿Recuerdos? Tal vez es un gran avance. Quizás estás muy cerca de que vuelva tu memoria.

—Mi memoria…— Su voz se fue apagando al nombrar cada sílaba. Apenas se escuchó lo que pronunció, su mirada se quedó fija. Recordó aquella imagen de la mujer tirada en el suelo. —¿Mi madre murió…?—. Susurró, luego gritó, como pudo, con temor y confusión —¡No…!—.

—¿Qué pasa Ámbar? ¿Qué os ocurre?—.

Ámbar se arrodillo en el suelo, sentándose sobre sus talones y se echó a sollozar.

—Madre, tú no estás muerta, yo te voy a liberar, no me voy a rendir… Quisiera que alguien me ayude…—.

—¿Qué?—. Investigó Xinux, casi emocionado al pensar que había recordado todo, sin embargo, no entendía que era exactamente lo que decía.

Ámbar inclinó la cabeza, llevándose las manos al rostro. Luego se levantó lentamente, miró fijamente a Xinux, que atónito la miraba sin entender nada. Sus miradas chocaron nuevamente, los ojos de Ámbar que estaban más celestes que el cielo, se fueron cerrando y repentinamente se desmayó perdiendo el conocimiento. Xinux cada vez más aturdido, y ahora asustado al verla inconsciente en el suelo, no supo qué hacer. Se agachó y la tomo entre sus brazos.

—¡Ámbar! ¡Despierta! Por favor despierta, no te puedes ir ahora… ¡No me dejéis…!—.









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