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jueves, 9 de abril de 2015

Capítulo V: Trenix y la fruta prohibida.

                 Capítulo V
Trenix y la fruta
prohibida.




 

Junto al lago, Ámbar caminaba distraídamente. Fascinada, no pensaba más que en la belleza del lugar, había olvidado por completo sus dudas e interrogaciones. Disfrutaba con todos sus sentidos, Con sus oídos apreciaba el canto de las aves y el aleteo de los peces en el agua. Con su olfato percibía ese reconfortable aire fresco con su fragancia a pino. Con su piel sentía la suave brisa y las cálidas aguas del lago. Con sus ojos descubría todo, desde las transparentes aguas hasta las aves y mariposas volar. Nada más parecía importarle.

El sol brillaba y el húmedo césped le hacía recordar el día que conoció a Xinux, pero se había olvidado por completo de él y su petición. Estaba ya muy lejos de él, cuando de entre los árboles divisa un hombrecillo. Se acerca lentamente y lo escucha alejarse por los arbustos. Decide ir tras él y nota que algo brillante cae de su bolsillo al suelo, detiene su paso para levantarlo. Al sostenerlo y observa una pequeña piedra circular plateada, con pequeños retazos azules incrustados en él. Sin pensarlo salió tras el hombrecillo gritándole reiteradas veces:

¡Espera! ¡Espera! Te has olvidado algo—.

Corrió hasta agotar sus fuerzas y detuvo su marcha para descansar rodeada de árboles. Sospechó que no encontraría a ese extraño personaje, el problema ahora era regresar, creía estar perdida. Alejada del frondoso bosque, este lugar era más un horrible pantano, las hojas y las ramas tapaban a lo alto la luz, algunos pocos hueco dejaban pasar los rayos del sol, aun así, reinaba una inmensa oscuridad. Apareció una gran niebla y el silencio se apoderó del lugar, ruidos extraños a su alrededor comenzaron a oirse. Ámbar trato de encontrar a ese pequeño ser a su alrededor, pero sólo escuchaba el crujir de hojas tras ella en todo momento, alguien caminaba a sus espadas.

Xinux estaba terminando de juntar las cosas, de a ratos miraba a Ámbar alejarse distraídamente a la orilla del lago. De repente ya no estaba. Trató de encontrarla en los alrededores del lugar y al ver que simplemente ella había desaparecido salió corriendo hacia donde la vio por última vez, dejando todas las cosas en el suelo. Con miedo miró a la orilla del lago y con alegría descubrió que allí no había más que peces. Mientras Xinux trataba de imaginarse donde podía haber ido o que le pudo haber pasado a ella, Pardy maullaba tratando de llamarle la atención, que poco después consiguió.

—¿Sabes dónde está Ámbar, Pardy?—. Preguntó tratando de interpretar su comportamiento. —¿Puedes llevarme hacia ella? Yo te seguiré—.

Pardy comenzó a correr lentamente delante de él dándole la posibilidad de que lo siga.

Ámbar sentía un poco de miedo, no sabía que era aquello que le aguardaba a sus espaldas. Escuchó ruidos entre los arbustos y gritó:

No quiero hacerte daño, sólo quiero devolverte esta roca, creo que se te ha caído—.

Nadie respondió, dejaron de oírse los pasos y un vacío inmenso la invadió. Las hojas se movían por una pequeña brisa y ese era el único sonido que se oía. Ámbar volvió a intentarlo.

Escucha, sólo quisiera devolverte esto, no deseo molestarte. Si quieres lo dejo en el suelo para que tu luego lo recojas y luego me iré—.

Mientras agachaba lentamente su mano intentando depositar esta joya extraña, apareció frente a ella un duendecillo, agarró rápidamente la piedra y la deposito en una bolsita de cuero que luego guardó en uno de sus tantos bolsillos.

Tienes suerte al devolver este maravilloso objeto, es muy valioso pero es aún más poderoso. Has demostrado no tener interés en esta piedra, hasta has venido a devolverla. Muchas personas han muerto tratando de conseguirla. Tal vez no conoces los poderes que esconde esta piedra, tal vez vuestra ignorancia te ha salvado—.

Ámbar, atónita, permanecía en silencio.

Sígueme, debo darte las gracias por devolverme esto que es tan sagrado para mí—. Ella lo siguió, no respondió, sólo miró hacia atrás como buscando a alguien.

Xinux guiado por Pardy llegó hasta donde ella estaba hace pocos minutos. Extrañamente Pardy se detuvo y como si algo le alarmara levantó su vista y salió corriendo, sin que él pudiera ver hacia donde se fue.

El enano guiaba a Ámbar casi arrastrándola, sujetando su mano con fuerzas. Poco tiempo después se detuvo, levantó una rama y golpeó despacio un enorme y grueso tronco de un altísimo árbol donde se abrió una gran puerta. El duende la invitó a pasar a aquel hueco encontrando una escalera que descendía. Bajaron adentrando en una aldea de pequeñas casitas, donde podrían caber sólo pequeños hombrecillos como él.

Espérame aquí. El Dowguls es una poderosa fuente de energía para los Dowg—.

Ámbar no comprendió aquellas palabras. Esperó en aquel desierto lugar, en segundos volvió el pequeño ser.

—Mi nombre es Trenix y ésta es mi aldea, o lo que queda de ella. Somos unos pocos, la mayoría tienden a tener miedo y a odiar a los seres como tú, por lo que no convendría que alerte de vuestra presencia. ¡Toma!—. Extendió su puño entregando un objeto. —Es para ti—.

Gracias, pero ¿Qué es?—. Preguntó y mirando su mano descubrió una pequeña pulsera de la misma piedra que antes mantuvo en su mano—.

–—Esta pulsera te permitirá que los duendes den un lugar en su aldea. Úsala cuando la necesites, pero recuerda, no es un juguete y debes de protegerla para que no caiga en manos malignas porque podría ser nuestro fin—.

Así lo haré, Trenix. Yo, Ámbar Trofiriuss Hannat, no dejaré que caiga en malas manos—.

Podéis irte ahora, te acompañaré hasta la salida—.

Así lo hizo y cuando ella estaba fuera el enano le advirtió:

Ten cuidado con los Dowgs, yo sólo soy un duende viejo y amistoso, pero hoy los enanos no perdonan a las personas de estatura bastante mayor como tú. Has tenido suerte, debes de tratar de evadir la presencia de estos que andan con muchos rencores—.

Entiendo, así lo haré. Le agradezco su amabilidad. Adiós y hasta pronto—.

Adiós...—.

La puerta del árbol se cerró tras ella. Le agrado este pequeño ser, hasta sentía agradecimientos por ese hermoso regalo. No paso mucho en recordar a Xinux. Él estaría preocupado, no supo que hacer. Miró a su alrededor y salió corriendo hacia donde creyó que había venido. En un instante un sentimiento la invadió, obligando a frenar su paso y a declinar. Sus ojos se volvieron amarillos y una imagen clara le muestra aquel lugar donde arrojo los bolsos Xinux, divisando a unas personas con sus cosas. Ámbar sintió miedo, el rubí estaba allí. Vio claramente a estos hombres desparramar sus cosas buscando quién sabe qué.

Asustada, estando libre de la visión, se levantó y salió corriendo rápidamente para tratar de evitar que puedan llegar a llevarse el Rubí, pero un duende se le atravesó en el camino y le impidió el paso.

Así que quieres hacerte pasar por un Trofiriuss, yo sé que eso es un engaño, eres una mujer—.

¿Qué?—. Pronunció atónita, no entendía que tenía que ver ser una mujer.

No tienes que fingir, si quieres yo también puedo regalarte algo, como lo hizo Trenix—.

¿A qué te refieres?—.

—Es algo que seguro te gustará, tal vez más que esa mágica pulsera que has conseguido adueñarte con vuestra falsedad—.

—Estas equivocándote conmigo—. Se defendió.

—Calla, y mejor escúchame. Te perdonaré y te ofreceré un obsequio Buscó en sus bolsillos y sacó una fruta parecida a un durazno pero de similar rasgo a la piedra, rodeada de una cáscara color plateada y con pequeñas perlitas azules. —¡Come!—.

¿Qué es?—.

Come y sabrás. Es rico, no me lo desprecies, o… me ofenderás—. Dijo desafiante.

Ámbar no quería ofenderlo pero no quería probar esa extraña fruta. Recordaba la advertencia de Merry, sobre no comer la fruta prohibida, la fruta del bosque de Lago Cristal. Realmente no deseaba comerla pero no tenía otra opción, el rostro del duende le causaba escalofríos, era como diabólico.

Xinux había dado vueltas en círculos alrededor de aquel gran árbol sin darse cuenta, eso le pareció extraño, pero no tanto cuando vio a Ámbar correr desesperada alejándose en dirección al lago. Fue tras ella sin lograr alcanzar su paso. La vio desaparecer tras los árboles. Sin desacelerar en ningún momento a la distancia la vio, parecía hablar con alguien pero no veía a nadie a su alrededor. Cuando estuvo ya cerca pudo notar en sus delicadas manos un fruto extraño, velozmente lo reconoció como la fruta prohibida. Ámbar se había decidido a morderla, sus dientes cada segundo estaban más próximos a concluir la acción.

Horrorizado, al pensar lo que podía pasar al morder esta fruta, detuvo su marcha y desde donde estaba le gritó:

¡No...! Ámbar no lo hagas, por favor, ¡No lo hagas...!—.

Ámbar mordió la fruta y escuchó la voz de Xinux gritar. Pero ya era tarde, su mano dejo caer la fruta y sus ojos miraron a Xinux como pidiendo socorro. Su cuerpo se paralizó y en la mente de Ámbar se proyectaban miles de imágenes de su vida que no recordaba. Apenas aquel extraño fruto cayó al suelo inexplicablemente millones de gusanos se la comieron en un santiamén y desaparecieron. Sólo quedaron pequeños pedacitos de aquellas perlitas azules. Un remolino de hojas la rodeo y luego junto a ellas se desplomo. Xinux al verla corrió hacía ella y se arrodillo, levantó su cabeza en su regazo, miró a su alrededor no había nadie, sólo encontró aquellas perlas. La examinó y notó que apenas respiraba, trato de tomar su pulso pero no lo escuchaba, parecía que su corazón había dejado de latir.

 

Desesperado sin saber qué hacer, apoyando el rostro de ella en su pecho, se quedó inmóvil, asustado y con un gran desconcierto. Habían pasado unos cuantos minutos y Xinux desconsolado se negaba a resignarse a creer que era el fin para Ámbar. Murmuraba miles de palabras esperando que ella respondiera, pero nada le era satisfactorio. Aunque lo negaba, el corazón de ella había dejado de latir durante más de media hora, pero aun así el amor y el aprecio que le tenía no lo dejaban creer. No paso mucho tiempo más cuando rompió en llanto, ya no lograba soportar esa agonía. Pensó que la esperanza se le iba de las manos... Los ojos de Ámbar no abrían, su corazón no latía ni siquiera se sentía su respiración... Sintió entonces que era el fin...

 


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