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El sol brillaba y el húmedo césped le hacía recordar el día
que conoció a Xinux, pero se había olvidado por completo de él y su petición.
Estaba ya muy lejos de él, cuando de entre los árboles divisa un hombrecillo.
Se acerca lentamente y lo escucha alejarse por los arbustos. Decide ir tras él
y nota que algo brillante cae de su bolsillo al suelo, detiene su paso para
levantarlo. Al sostenerlo y observa una pequeña piedra circular plateada, con
pequeños retazos azules incrustados en él. Sin pensarlo salió tras el hombrecillo
gritándole reiteradas veces:
—¡Espera! ¡Espera! Te has olvidado algo—.
Corrió hasta agotar sus fuerzas y detuvo su marcha para
descansar rodeada de árboles. Sospechó que no encontraría a ese extraño
personaje, el problema ahora era regresar, creía estar perdida. Alejada del frondoso
bosque, este lugar era más un horrible pantano, las hojas y las ramas tapaban a
lo alto la luz, algunos pocos hueco dejaban pasar los rayos del sol, aun así,
reinaba una inmensa oscuridad. Apareció una gran niebla y el silencio se
apoderó del lugar, ruidos extraños a su alrededor comenzaron a oirse. Ámbar
trato de encontrar a ese pequeño ser a su alrededor, pero sólo escuchaba el
crujir de hojas tras ella en todo momento, alguien caminaba a sus espadas.
Xinux estaba terminando de juntar las cosas, de a ratos
miraba a Ámbar alejarse distraídamente a la orilla del lago. De repente ya no
estaba. Trató de encontrarla en los alrededores del lugar y al ver que
simplemente ella había desaparecido salió corriendo hacia donde la vio por
última vez, dejando todas las cosas en el suelo. Con miedo miró a la orilla del
lago y con alegría descubrió que allí no había más que peces. Mientras Xinux
trataba de imaginarse donde podía haber ido o que le pudo haber pasado a ella,
Pardy maullaba tratando de llamarle la atención, que poco después consiguió.
—¿Sabes dónde está Ámbar, Pardy?—. Preguntó
tratando de interpretar su comportamiento. —¿Puedes llevarme hacia ella? Yo te
seguiré—.
Pardy comenzó a correr lentamente delante de él dándole la
posibilidad de que lo siga.
Ámbar sentía un poco de miedo, no sabía que
era aquello que le aguardaba a sus espaldas. Escuchó ruidos entre los arbustos
y gritó:
—No quiero hacerte daño, sólo quiero
devolverte esta roca, creo que se te ha caído—.
Nadie respondió, dejaron de oírse los pasos y un vacío
inmenso la invadió. Las hojas se movían por una pequeña brisa y ese era el
único sonido que se oía. Ámbar volvió a intentarlo.
—Escucha, sólo quisiera devolverte esto,
no deseo molestarte. Si quieres lo dejo en el suelo para que tu luego lo
recojas y luego me iré—.
Mientras agachaba lentamente su mano intentando depositar
esta joya extraña, apareció frente a ella un duendecillo, agarró rápidamente la
piedra y la deposito en una bolsita de cuero que luego guardó en uno de sus
tantos bolsillos.
—Tienes suerte al devolver este
maravilloso objeto, es muy valioso pero es aún más poderoso. Has demostrado no
tener interés en esta piedra, hasta has venido a devolverla. Muchas personas
han muerto tratando de conseguirla. Tal vez no conoces los poderes que esconde
esta piedra, tal vez vuestra ignorancia te ha salvado—.
Ámbar, atónita, permanecía en silencio.
—Sígueme, debo darte las gracias por
devolverme esto que es tan sagrado para mí—. Ella lo siguió, no respondió, sólo
miró hacia atrás como buscando a alguien.
Xinux guiado por Pardy llegó hasta donde ella estaba hace
pocos minutos. Extrañamente Pardy se detuvo y como si algo le alarmara levantó
su vista y salió corriendo, sin que él pudiera ver hacia donde se fue.
El enano guiaba a Ámbar casi arrastrándola, sujetando su
mano con fuerzas. Poco tiempo después se detuvo, levantó una rama y golpeó
despacio un enorme y grueso tronco de un altísimo árbol donde se abrió una gran
puerta. El duende la invitó a pasar a aquel hueco encontrando una escalera que
descendía. Bajaron adentrando en una aldea de pequeñas casitas, donde podrían
caber sólo pequeños hombrecillos como él.
—Espérame aquí. El Dowguls es una poderosa
fuente de energía para los Dowg—.
Ámbar no comprendió aquellas palabras. Esperó en aquel
desierto lugar, en segundos volvió el pequeño ser.
—Mi
nombre es Trenix y ésta es mi aldea, o lo que queda de ella. Somos unos pocos,
la mayoría tienden a tener miedo y a odiar a los seres como tú, por lo que no
convendría que alerte de vuestra presencia. ¡Toma!—. Extendió su puño
entregando un objeto. —Es para ti—.
—Gracias, pero ¿Qué es?—. Preguntó y
mirando su mano descubrió una pequeña pulsera de la misma piedra que antes
mantuvo en su mano—.
–—Esta pulsera te permitirá que los duendes
den un lugar en su aldea. Úsala cuando la necesites, pero recuerda, no es un
juguete y debes de protegerla para que no caiga en manos malignas porque podría
ser nuestro fin—.
—Así lo haré, Trenix. Yo, Ámbar Trofiriuss
Hannat, no dejaré que caiga en malas manos—.
—Podéis irte ahora, te acompañaré hasta la
salida—.
Así lo
hizo y cuando ella estaba fuera el enano le advirtió:
—Ten cuidado con los Dowgs, yo sólo soy un
duende viejo y amistoso, pero hoy los enanos no perdonan a las personas de estatura
bastante mayor como tú. Has tenido suerte, debes de tratar de evadir la
presencia de estos que andan con muchos rencores—.
—Entiendo, así lo haré. Le agradezco su
amabilidad. Adiós y hasta pronto—.
—Adiós...—.
La puerta del árbol se cerró tras ella. Le agrado este
pequeño ser, hasta sentía agradecimientos por ese hermoso regalo. No paso mucho
en recordar a Xinux. Él estaría preocupado, no supo que hacer. Miró a su
alrededor y salió corriendo hacia donde creyó que había venido. En un instante
un sentimiento la invadió, obligando a frenar su paso y a declinar. Sus ojos se
volvieron amarillos y una imagen clara le muestra aquel lugar donde arrojo los
bolsos Xinux, divisando a unas personas con sus cosas. Ámbar sintió miedo, el
rubí estaba allí. Vio claramente a estos hombres desparramar sus cosas buscando
quién sabe qué.
Asustada, estando libre de la visión, se levantó y salió
corriendo rápidamente para tratar de evitar que puedan llegar a llevarse el
Rubí, pero un duende se le atravesó en el camino y le impidió el paso.
—Así que quieres hacerte pasar por un
Trofiriuss, yo sé que eso es un engaño, eres una mujer—.
—¿Qué?—. Pronunció atónita, no entendía
que tenía que ver ser una mujer.
—No tienes que fingir, si quieres yo
también puedo regalarte algo, como lo hizo Trenix—.
—¿A qué te refieres?—.
—Es
algo que seguro te gustará, tal vez más que esa mágica pulsera que has
conseguido adueñarte con vuestra falsedad—.
—Estas
equivocándote conmigo—. Se defendió.
—Calla,
y mejor escúchame. Te perdonaré y te ofreceré un obsequio — Buscó en sus
bolsillos y sacó una fruta parecida a un durazno pero de similar rasgo a la
piedra, rodeada de una cáscara color plateada y con pequeñas perlitas azules. —¡Come!—.
—¿Qué es?—.
—Come y sabrás. Es rico, no me lo
desprecies, o… me ofenderás—. Dijo desafiante.
Ámbar no quería ofenderlo pero no quería probar esa extraña
fruta. Recordaba la advertencia de Merry, sobre no comer la fruta prohibida, la
fruta del bosque de Lago Cristal. Realmente no deseaba comerla pero no tenía
otra opción, el rostro del duende le causaba escalofríos, era como diabólico.
Xinux había dado vueltas en círculos alrededor de aquel
gran árbol sin darse cuenta, eso le pareció extraño, pero no tanto cuando vio a
Ámbar correr desesperada alejándose en dirección al lago. Fue tras ella sin
lograr alcanzar su paso. La vio desaparecer tras los árboles. Sin desacelerar
en ningún momento a la distancia la vio, parecía hablar con alguien pero no
veía a nadie a su alrededor. Cuando estuvo ya cerca pudo notar en sus delicadas
manos un fruto extraño, velozmente lo reconoció como la fruta prohibida. Ámbar
se había decidido a morderla, sus dientes cada segundo estaban más próximos a
concluir la acción.
Horrorizado, al pensar lo que podía pasar al morder esta
fruta, detuvo su marcha y desde donde estaba le gritó:
—¡No...! Ámbar no lo hagas, por favor, ¡No
lo hagas...!—.
Ámbar mordió la fruta y escuchó la voz de Xinux gritar.
Pero ya era tarde, su mano dejo caer la fruta y sus ojos miraron a Xinux como
pidiendo socorro. Su cuerpo se paralizó y en la mente de Ámbar se proyectaban
miles de imágenes de su vida que no recordaba. Apenas aquel extraño fruto cayó
al suelo inexplicablemente millones de gusanos se la comieron en un santiamén y
desaparecieron. Sólo quedaron pequeños pedacitos de aquellas perlitas azules.
Un remolino de hojas la rodeo y luego junto a ellas se desplomo. Xinux al verla
corrió hacía ella y se arrodillo, levantó su cabeza en su regazo, miró a su
alrededor no había nadie, sólo encontró aquellas perlas. La examinó y notó que
apenas respiraba, trato de tomar su pulso pero no lo escuchaba, parecía que su
corazón había dejado de latir.
Desesperado sin saber qué hacer, apoyando el rostro de ella
en su pecho, se quedó inmóvil, asustado y con un gran desconcierto. Habían
pasado unos cuantos minutos y Xinux desconsolado se negaba a resignarse a creer
que era el fin para Ámbar. Murmuraba miles de palabras esperando que ella
respondiera, pero nada le era satisfactorio. Aunque lo negaba, el corazón de
ella había dejado de latir durante más de media hora, pero aun así el amor y el
aprecio que le tenía no lo dejaban creer. No paso mucho tiempo más cuando
rompió en llanto, ya no lograba soportar esa agonía. Pensó que la esperanza se
le iba de las manos... Los ojos de Ámbar no abrían, su corazón no latía ni
siquiera se sentía su respiración... Sintió entonces que era el fin...
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